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UNA CAJA CON COSAS DENTRO

Como si fuera un final

Hoy es lunes, pero también es un poco domingo y también es un poco martes. Llega un momento en los festivales de cine en el que uno no sabe ya en qué día vive y comienza a mezclar imágenes, calendarios, diálogos y caminos, para terminar siempre, como si de uno de esos cuadros de Escher se tratara, en la misma sala oscura de siempre.
Es lunes y a la vez todos los días de la semana y yo he decidido, justo hoy, justo ahora, romper con todas las formalidades de la crónica periodística e iniciar una serie de textos sin género, sin forma, sin límites y con libertad creativa absoluta. Es mi particular respuesta al hecho de que el medio de comunicación que me ha acreditado no publique mis crónicas. Y escribir de la única forma que quiero escribir es decir que hubo un tiempo en el que el cine era urgente y las películas parecían “flotar en el aire”.
Me gustan las imágenes del cine de los años sesenta. Me gustan los colores saturados porque me recuerdan los colores de las fotografías de las primeras páginas de los cuadernos de fotos que hay en mi casa. Mi padre me contó una vez que la cámara de fotos que usaba entonces la compró en Canarias y que mi madre la pasó por la aduana escondida bajo el vestido. Hubo un tiempo en el que las imágenes, los gestos, los colores y las miradas parecían estar ahí, como flotando, y que bastaba con apretar el botón de una cámara para guardarlos para siempre.
La primera vez que vi una película de Jonas Mekas reconocí en sus imágenes el mismo “tempo” que tenían las grabaciones de súper-ocho que había guardadas en un cajón del salón de mi casa. Ayer por la noche me sucedió lo miso cuando vi una película del realizador Robert Frank titulada Me and my brother y rodada en 16 milímetros entre los años 1965 y 1968. Yo conocía el trabajo de Robert Frank como fotógrafo pero nunca antes había visto una de sus películas. Fue como visitar un lugar conocido; como charlar con un pariente lejano. Frank retrata con su cámara el humeante mundo Beatnik de los años sesenta y cuenta de manera totalmente libre y sin convenciones la historia de Julius, hermano del poeta Peter Orlovski. Me gustaría escribir con tiempo sobre esta película y sobre el juego de espejo documental que propone, pero diré que mi plan secreto es otro: hay que montar un ciclo de Robert Frank en la cinemateca del Museo de Bellas Artes de Bilbao. Y seguir hablando entonces.
La noche de ayer termino en Dinamarca; y como siempre que uno viaja a Dinamarca, las heridas duelen y los ojos brillan de forma demasiado brillante. El título es Día y noche y su director Simón Staho. Una canción pop abre los títulos de crédito y lo mismo sucede al final, con una melodía alegre despidiendo al espectador. Pero en mitad de tanta felicidad, el director ha contado la historia de Thomas, que el 9 de septiembre de 2003 se quitaba la vida disparándose con una pistola. Es lo que dice una voz en off justo al comienzo. Lo que sigue es ese último día y esa última noche. Yo me acuerdo un poco de Blanco (1994) de Kieslowski, en la parte en la que un tipo intenta contratar al polaco Karol para que le dispare; también recuerdo Ten de Kiarostami: las dos comparten el interior de un coche como única localización a lo largo de todo el metraje. Que algo está sucediendo en Dinamarca desde mediados de los años noventa está clarísimo: fuerza e intensidad en historias abismales. Como si el hielo estuviera derritiéndose y debajo sólo hubiera cadáveres.
Fin. Termino y termino con esta forma de escritura que he seguido a lo largo de estos primeros días de festival. A partir de ahora los textos serán diferentes y quizá no hablen tanto de cine como de miradas. O de recuerdos. O de distancias.

Geografías sin nombre

Domingo 17 de abril

Es posible que en Letonia la realidad siga siendo aún en blanco y negro. Quién sabe. Quién sabe qué puede estar sucediendo en todos aquellos países fríos que dejaron un día de pertenecer a los territorios soviéticos y que tuvieron que redefinir su verdadero sentido y lugar en la historia contemporánea. Letonia. Suena tan lejano como Estonia, como Lituania, como Bielorrusia; suena tan desconocido como las orillas del Mar Báltico, como las mareas del Golfo de Riga. Es posible que en Letonia la realidad siga siendo aún en blanco y negro. O al menos es fácil imaginar una noche oscura y helada muy cerca del río, el olor del vodka barato saliendo del único bar abierto, unos personajes deambulando hacia ninguna parte. Es fácil imaginar una película triste y en blanco y negro rodada en algún lugar de ese territorio del desencanto llamado la Europa del Este.
El director alemán Fred Kelemen presentaba a primera hora del día una película hablada en letón y titulada Fallen (Krisana en su versión original). Y todo comenzaba justamente con una noche oscura y helada, con un personaje deambulando a paso lento, con una joven de ojos verdes fotografiados en blanco y negro a punto de saltar para siempre al fondo del río Daugava. El archivista Matiss Zelcs observa a la joven suicida y sigue su camino, como cada día, a paso lento, fumando con intensidad, con las solapas de su abrigo protegiéndole las mejillas, sin necesidad de mirar atrás. Y entonces el sonido de un cuerpo cayendo al agua rompe la calma; un grito de socorro, un momento de duda y después la noche, otra vez la noche fría.
“Soy una persona corriente”. Es la forma en la que el protagonista define sus días y su persona. Todo es demasiado corriente y la película transmite esa rutina a través de sus planos de secuencias lentas, a través de su fotografía de colores grises. Y la historia avanza por ese itinerario oscuro en el que el personaje trata de cerrar todas las heridas que se abrieron el día en el que la chica de ojos verdes saltó al fondo del río. ¿Es posible conseguir el perdón de un fantasma, de alguien que ya no está?
Hay un momento en la película en el que me he acordado de otras películas que se podrían llamar “de observación de fotografías”. En su intento de redimir su pasividad, el archivista Matiss trata de saber quién era la misteriosa joven que encontró en su paseo nocturno y recupera objetos y fotografías que pertenecieron a la desaparecida. Y observando con atención esas imágenes, reconstruye el pasado de la mujer y entiende el motivo del gran salto. Como cuando Antonioni investigó un asesinato en Blow Up (1966); como cuando Chris Marker unió pasado y futuro en La Jetée (1962).
Krisana parece una película de otro tiempo, de un lugar que podría ser ninguna parte. Y Fred Kelemen imprime con su blanco y negro antiguo una historia de pérdidas y de preguntas difíciles de contestar. ¿Por qué todo es tan triste en Lituania?
Y como si de una extraña excursión se tratara, el día de hoy ha seguido por la senda de las geografías sin nombre y de los personajes en busca de sentido. La segunda del día, perteneciente a la sección a competencia, cambiaba el frío del norte por el desierto de los territorios de Israel. De título caluroso y seco, Athas (Sed), y dirigida por Tawfic Abu Wael, cuenta la vida de una familia que trata de sobrevivir en un antiguo barracón militar situado en mitad de la nada. La caja de cemento armado en la que vive esta familia no es más que la prolongación de la actitud durísima que el padre de familia impone a su mujer e hijos. ¿Por qué han dejado la ciudad para ir a vivir a un lugar inhabitable? ¿Cuáles son los secretos que se esconden entre las paredes secas de esa construcción abandonada? La familia dedica sus días a fabricar carbón vegetal y poco a poco van surgiendo retazos de un pasado vergonzoso y posibilidades de un futuro igual de quebrado.
Quizá excesivamente lenta y sin suficiente fuerza cinematográfica en su presentación, la película ha ido adquiriendo peso a medida que avanzaba el metraje, aunque sin llegar a llenar del todo la pantalla. Y es que es difícil llevar adelante una película tan seca y tan dura como la planteada por Tawfic Abu Wael.
A modo de recuerdo, citaré por sus similitudes de claustrofobia geográfica la película japonesa de Hiroshi Teshigahara La mujer de arena (1963). También me he acordado de Furtivos (1975) de José Luis Borau, por la forma en que este director planteaba una relación familiar límite condenada a la tragedia.
Y fin. A estas alturas de festival no tengo ni idea de cuáles pueden ser las deliberaciones que puede ir tomando el jurado. Entre que llegué un poco tarde y los problemas con las entradas de los primeros días, no he podido ver unas cuantas películas de la sección a competición, por lo que mi visión es aún muy parcial. Diré que aún no he visto una película totalmente emocionante y arrebatadora, a excepción de Tropical Malady de Apichatpong, pero esta era una película que conocía incluso antes de haberla visto. Yo busco la sorpresa de un título desconocido que haga que mi viaje a Buenos Aires sea inolvidable. Una película que pueda recordar dentro de muchos años.

Había una vez un tigre...

Sábado 16 de abril

Hace ya casi dos años viajé a Bankog para visitar a un amigo que llevaba un tiempo viviendo en el país; aparte de la aventura que puede suponer el encuentro de dos viejos amigos del colegio en un país de temperatura exótica, la intención secreta de aquel viaje lejano consistía en ver la última película del director tailandés Apichatpong Weerasethakul. Al final no pude ver la película y tampoco pude entrevistar a su director, pero puedo escribir que conocí la selva. Conocí la selva y por primera vez en mi vida tuve la sensación de estar dentro de un bosque que se movía. Después de pasar unos días en la ciudad, contraté un viaje a unas cataratas que había en mitad de un parque natural y llegué cerca de la frontera norte. Repaso mi cuaderno de notas del viaje y encuentro una anotación significativa: “La selva es como el mar. La selva es como el desierto. La selva es como el interior de una ballena. La selva es violentamente verde y sonora”. Caminar por la selva era como caminar sobre un cuerpo vivo, era como estar en el interior de un animal.
¿Hay tigres?
No. Ya no que dan tigres en esta zona.
Quería saber si había tigres. En el albergue en el que me hospedaba me dijeron que muy cerca del parque había un zoológico-reserva y que allí se podían ver unos tigres que un monje budista se había encargado de domesticar. El lugar resultó ser un parque totalmente preparado para que los turistas se sacaran fotos. No me gustó, pero pude ver de cerca aquellos felinos de movimientos pausados y entendí la fascinación que habían provocado a lo largo de la historia en los narradores de relatos. “Había una vez un tigre” era la mejor manera de comenzar un relato contado alrededor del fuego y la tradición oral tailandesa tenía muchos cuentos que comenzaban así.
Hoy he podido ver la última película del director tailandés Apichatpong Weerasethakul, titulada Tropical Malady, y mientras contemplaba sus imágenes he recordado el viaje que hice una vez al interior de aquel bosque en el que ya no quedaban tigres. Era la primera película del día y la pasaban fuera de competición y en una sección llamada Trayectorias, que es un repaso a los títulos que han destacado en otro festivales.
Antes de seguir, diré que todos los periodistas hemos comenzado el día corriendo para conseguir las entradas para mañana. Y a pesar de que el deporte sea bueno y todo eso que dicen algunos, esto es una queja: las puertas del recinto del festival se abren a las diez de la mañana y la primera película es a las diez y cuarto. Es evidente que no hay demasiado tiempo desde que abren las taquillas de venta de entradas para el día siguiente y la primera sesión, por lo que todas las mañanas hay que situarse a las puertas de manera estratégica y atarse los zapatos muy fuerte para luchar por los primeros puestos. ¿No podría hacer algo el festival para solucionar estas carreras peligrosas a unas horas en las que lo último que apetece es correr por un centro comercial recién encerado? A quien corresponda.
Y sigo. Que el señor Weerasethakul es un tipo original, raro, único y a veces radical en sus planteamientos cinematográficos lo sabemos todos los que hemos seguido los festivales de cine internacional de los últimos años. Y después de ver la película de hoy sólo puedo confirmar que el director el señor Weerasethakul es un tipo original, raro, único y radical en sus planteamientos, pues sus películas rompen en mil pedazos la tradición narrativa convencional y juegan a marcar de manera totalmente libre y creativa ritmos y tonos que sumados en una pantalla dan como resultado sus peculiares obras cinematográficas.
No hay guiones cerrados sino imágenes. Por lo que tratar de contar lo visto en pantalla es algo complicado, aunque se podría comenzar diciendo que la película no es una película sino dos. O más. Al igual que sucedía en su anterior obra, Blissfully Yours (2002), la estructura de las imágenes no sigue la lógica de la narrativa clásica y la historia se rompe a mitad de proyección para introducir en ese momento un argumento independiente. Todo comienza con un prólogo extraño en el que unos militares encuentran un cadáver en mitad del campo. Después, y sin necesidad de continuidad, sigue una historia de amor y de miradas entre un campesino que trabaja y vive en la selva y un militar destinado a ese lugar. Y el estilo Weerasethakul prescinde casi de diálogos y propone secuencias en las que vemos a los protagonistas paseando, compartiendo una cena, hablando bajo una tormenta tropical, cantando en un espectáculo en la ciudad, compartiendo un viaje en moto y desapareciendo en la oscuridad de la selva. Son imágenes para una historia de amor en la que los personajes se limitan a habitar y compartir un espacio. Y esta parte tiene algo de paseo visual para el espectador. Paseo lento e intenso.
Es entonces cuando todo vuelve a romperse y llega la historia del tigre. Los personajes son los mismos, pero la historia ya no es una historia de amor sino la de una cacería. Unos títulos van contando una leyenda tradicional que habla de un tigre y de su tristeza en mitad de la selva. El militar sigue los pasos del felino y el felino se personifica en el cuerpo del campesino, que camina desnudo por la selva. “Había una vez un tigre...”. De esta forma comienza el relato fantástico en el que animales y humanos se entienden y se hacen preguntas sobre sus destinos. Y todo lo que en la primera parte era contención y ritmo lento se torna aquí tensión y soledad en una selva invadida por la noche y por los ruidos y pasos temerosos del tigre y del militar.
Tropical Malady es una película extraña. Emocionante y extraña.
Quería saber si había tigres cuando paseé por primera vez por una selva que parecía el interior de una animal. Hoy diré que los tigres y sus secretos están en el interior de esta película de Apichatpong Weerasethakul.
Poco más en el día de hoy; ha sido un sábado tranquilo en el que he paseado por el barrio de Recoleta acompañado por la agradable temperatura de final de verano. Y es que mi segundo intento cinematográfico del día ha sido un fracaso: la película, en la sección argentina a competición, se titulaba Do u cry 4 me Argentina? y la dirigía el argentino-coreano Bae Youn Suk. La sinopsis hablaba de una obra rodada en Buenos Aires e interpretada por miembros de la comunidad coreana de la ciudad, que según los títulos de crédito son más de veinte mil. Pero el resultado es un ejercicio de director primerizo con demasiadas cosas que decir y sin un editor amigo que le explicara que en una película no se puede contar todo. Mi pregunta para el director es simple: ¿Por qué en vez de tantos juegos de edición y de mezclas tipo video clip no se ha limitado a inventar un buen trabajo documental? Algo había en la película que podría haber convertido a sus imágenes en una película. Pero no ha sido así y he preferido salir antes del final para disfrutar de un tranquilo día de buen tiempo.
Después de la carrera de primera hora, puedo decir que por fin tengo entradas para ver películas fuera del limitado horario de pases para prensa. Mañana veré cuatro películas y estas crónicas lentas se convertirán en apuntes breves.
Termino con una historia con sintonía de fondo: la sala de escritura de prensa está justo al lado de una guardería en la que se celebran cumpleaños y fiestas para niños. Todos los días cantan algo. Y hoy, mientras escribía todo esto que he escrito, un grupo de niños ha cantando el “que los cumplas feliz” a una niña llamada Agustina. Felicidades para Agustina y mañana más.

Buenos Aires (1)

Crónica 1
Viernes 15 de abril.

Frío y calor: del digital alemán a los barios periféricos franceses.
A veces los festivales de cine comienzan en los viajes que hay que hacer para llegar a esos festivales de cine. Una vez conduje desde mi casa hasta el festival de Cannes. Paré en Barcelona y en Montpellier antes de llegar al gran teatro de la alfombra roja; y pasé un día durmiendo en los asientos del coche para poder recuperarme.
Ayer viajé durante muchas horas para llegar a Buenos Aires. Primero en autobús hasta la ciudad fronteriza de Colonia. Después, un trayecto en barco atravesando el río de la plata en mitad de una tormenta. Cuando los barcos se mueven, se mueven mucho y con una lentitud extraña. Y en mitad de esa noche tomada por las olas, recordé el final de Rojo (1994), en el que Kieslowski inventaba un naufragio para salvarlo todo. A las siete de la mañana he bajado en Puerto Madero y por más que he buscado entre los pasajeros, Juliette Binoche no estaba a mi lado.
Llegar a un festival desconocido cuando el festival ya ha empezado siempre es algo difícil y cuesta unas horas situarse sobre el mapa y adaptarse al ritmo de las proyecciones. Aún estoy en fase de aclimatación, pero por ahora puedo decir que el gran centro comercial Abasto, en la calle Corrientes, parece ser la sede de todo esto.
He llegado a las diez de la mañana. El lugar es uno de esos lugares que comparten mil tiendas de moda con doce salas de cine. Por fuera es una especie de edifico estilo Metrópolis (1927) de Fritz Lang: grandes arcos creando un espacio gigantesco y frío. El interior es como el interior de cualquier lugar que pueda resumirse en la frase de mil tiendas de moda con doce salas de cine. Un poco al estilo Berlinale y su plaza comercial Marlene Dietrich.
He llegado justo en el momento en el que se abrían las taquillas para prensa y me ha sorprendido ver a los periodistas corriendo. ¿Por qué corren? A estas alturas de la vida uno sabe que ver a unos periodistas corriendo no puede ser nada bueno. Después me he enterado de que las entradas para las sesiones que no son de prensa se agotan pronto y que más vale madrugar y correr un poco. Porque, y voy llegando al núcleo de todo esto, lo más interesante de este festival de cine reside justamente en las sesiones fuera de competición, en los repasos a los títulos que llegan de otros festivales, en lo que en San Sebastián llamarían Perlas de otros festivales; y para entrar a esas sesiones hay que tener entrada y no vale la tarjeta roja, verde, blanca, de tamaño demasiado grande y sin foto de la acreditación.
Por lo tanto, en este primer día, he tenido que conformarme con las dos sesiones para prensa y el resultado del primer impacto puede resumirse en la siguiente expresión: el cine digital es frío. Muy frío.
El cine alemán es el cine alemán y Kalsruhe es una ciudad fea. Una vez estuve en Stuttgart y lo único amable que encontré fueron las partidas de petanca que los inmigrantes polacos jugaban en los parques de la ciudad. El resto estaba tomado por los ingenieros de la fábrica de Mecedes.
La primera película del día se titulaba The forest for the trees y la dirigía una señora alemana llamada Maren Ade. La historia cuenta los días tristes de una profesora de secundaria que acaba de llegar a un colegio de Kalsruhe. Y la trama digital va helándose a medida que avanza el metraje y la pobre profesora, ninguneada por sus compañeros de trabajo, maltratada por su alumnos, despreciada por su vecina, va cayendo a un pozo de difícil salida. Las referencias que yo daría para explicar la película tienen que ver con las historias de dolor que lleva inventando el cine digital danés desde hace unos años. Personajes como el de la profesora de hoy o el que interpretaba Emily Watson en Rompiendo de olas (Lars Von Trier, 1996), por ejemplo, comparten fragilidad extrema y destino trágico. Pero el asombro que provocaron aquellas primeras obras nórdicas de mediados de los años noventa ha desaparecido, y de alguna manera, el público se ha vuelto inmune a sus golpes. Hoy en día, un personaje herido y que se expone a los lobos no es suficiente para aguantar una película, pues ya lo hemos visto demasiadas veces. O al menos no ha sido suficiente en el caso de hoy; la actriz que interpreta el papel de profesora a punto de caer en el abismo, Eva Lobau, es tan inocente que pierde credibilidad y termina resultando aburrida. El cine alemán sigue siendo cine alemán y si alguna vez voy a Kalsruhe prometo no acercarme a los insoportables adolescentes de los colegios y buscar una vez más la tranquilidad de los parques y de los jugadores polacos y rusos de petanca.
Y de la Alemania helada, a los barrios periféricos franceses de acento lejano, origen árabe y jóvenes haciéndose las preguntas que se hacen todos los jóvenes, vivan donde vivan, procedan de donde procedan. L’Esquive, dirigida por Abdellatif Kechiche, es una película rápida, de ritmo intenso, diálogos veloces, encuadre ágil, personajes acercándose y alejándose de la cámara sin ningún temor a la cámara. Es una película decidida que tiene algo de aquella barriada en tensión que propuso Mathieu Kassovitz con El odio (1995). Y tiene también algo de canción de rap francesa, con sus denuncias, con sus rimas, con sus metáforas, con su sonido a veces defectuoso pero lleno de verdad.
En este caso, los personajes son unos jóvenes estudiantes de liceo que juran por el Corán, buscan soluciones a sus primeros amores, discuten por teléfono móvil y preparan con mayor o menor entusiasmo una obra de teatro que interpretarán el día de la fiesta del colegio. El joven Krimo trata de entender su amor por Lydia y pregunta como sólo puede preguntar un adolescente: ¿Por qué no me quieres, Lydia? ¿Por qué no me dices si quieres salir conmigo? El resultado es intenso y un tanto desolador, pues en los barrios periféricos de las grandes ciudades francesas los sueños son difíciles.
Frío y calor por tanto en las dos películas del día. La jornada ha terminado con un concierto interpretado por una orquesta clásica en el hall del centro comercial Abasto. Y en la sala de prensa han estado haciendo fotos a un director oriental que posaba al lado de un cartel de título evocador: Magnolian ping pong. Pero imagino que estas son historias que están por llegar al festival de Buenos Aires. Poco a poco, como cada vez que me toca asistir como público a un festival de cine, voy sintiéndome como en casa.

Más sobre Irán (3)

"Si el mundo de vuestra casa os parece pequeño, entonces cerrar los ojos e imaginar que sois una pequeña hormiga. Cuando seáis tan pequeños como una hormiga, vuestra casa os parecerá inmensa".
De la película Kandahar, dirigida en el año 2002 por Mohsen Makhmalbaf.
¿Por qué tengo la sensación de que esta película no es sincera? Otra vez imágenes milimétricamente medidas para provocar en el público de los festivales la reacción deseada.

El otro lado

Viernes: mayormente nublado a primera hora; parcialmente despejado durante la tarde.
Mínima: 14º
Máxima. 19º
Pronóstico nacional:
El clima húmedo e inestable se tornará seco, bueno y moderadamente cálido. Las nubes bajas y la niebla cubrirán el cielo a primera hora del día, pero luego darán paso a algo de sol. Del mismo modo, las lluvias y lloviznas remanentes de los sectores sur y este del país terminarán a mediodía.

Hoy, a las doce de la noche, cruzaré en Río de la plata en un barco lento rumbo al festival de cine independiente de Buenos Aires. Me quedaré una semana en la ciudad vecina del otro lado del río. Es mi particular viaje hacia lo desconocido. Hacia lo desconocido de una sala oscura iluminándome por la espalda.

Hacia lo desconocido

"Se debería poder hacer cierta película. Una película de insistencias, de miradas retrospectivas, de reinicios. Y luego abandonarla. Y filmar también ese abandono. Pero no se hará, ya se sabe. Nunca se hará. ¿Por qué no hacer una película sobre lo que se desconoce, de lo que aún se desconoce?".
Marguerite Duras

Creer o no creer (2)

Nunca he visto una película del director húngaro Béla Tarr. Me han hablado muchas veces de sus ballenas misteriosas en mitad de una plaza y de su sistema solar interpretado por borrachos, pero nunca he tenido la oportunidad de ver ninguna de sus películas. Y a pesar de todo, me gusta. Me gusta mucho el cine de Béla Tarr. ¿Cómo es posible decir esto sin haber visto ninguna de sus obras? Yo lo digo. Y recuerdo un apunte que escribí hace unos días en este mismo cuaderno. "La fuerza del vampiro reside en que la gente no cree en él". Es una frase sacada de la versión de Drácula dirigida por Tod Browning en 1931. Durante un tiempo creí que Béla Tarr era rumano. De Transilvania.
La fuerza de Béla Tarr reside en que la gente no cree en él.
Pero yo sé que existe.

Otoño

Llegó el otoño a Montevideo. Es lo que dicen los que llevan muchos años viviendo en esta ciudad, porque yo hace tiempo que perdí la cuenta de los meses y de las estaciones. Me pasa por vivir a la vez en el lado de allá y en el lado de acá.
Y aprovecho el otoño para recordar a Kim Ki-Duk. Hace dos semanas fui a ver Primavera, verano, otoño, invierno... Y otra vez primavera. No me gustó. Me da la sensación de que todo está demasiado medido, como si el director conociera demasiado bien lo que gusta en los festivales. Me sucedió lo mismo con Dolls (2002) de Kitano.
Pero hay una historia interesante que puedo contar: una vez viajé en el mismo avión con Kim Ki-Duk y con Harvey Keitel. Fue volviendo de un festival de Berlín. Claro que ellos viajaban en primera y yo en clase turista y sólo nos cruzamos en la sala de espera del aeropuerto. Pero me gusta imaginar que el director y el actor pudieron planear una película mientras la azafata explicaba que las turbulencias eran pasajeras. Quizá algún día veamos a Keitel llorando en las calles de Corea mientras se abraza con desesperación a una joven ciega llamada Lee Seung-yeon.

Mahjon

Mahjon

Hace unas noches me invitaron a jugar al Mahjon y fue como estar por un rato dentro de una película oriental. Creo que la primera vez que vi este juego en una pantalla fue en aquel ejercicio de Win Wenders titulado Tokyo-Ga (1985). Pero recuerdo con mucha más emoción las imágenes creadas por Wong Kar Wai para In the mood for love (2002) en las que los vecinos se pasan toda una noche jugando a este complejo juego de mesa de procedencia china mientras los protagonistas de la película comparten habitación.
La fotografía recoge la ficha que prepararon los anfitriones de la casa para que yo, que no sé japonés, pudiera jugar: en la parte superior, los números del uno al nueve. En la parte inferior, los cuatro puntos cardinales: este, sur, oeste, norte.
Jugamos durante muchas horas y cuando me retiré era casi de día. Y justo antes de entrar en mi casa, miré por unos segundos la puerta del apartamento que está junto al mío y pensé que quizá en aquel lugar alguien estuviera soñando con las calles de Hong Kong. El número de mi apartamento es el 2047.

Cine polar

Leo en la prensa de ayer que en la base científica argentina de Jubany se abrió hace unos días el primer cine de la Antartida. La sala cuenta con proyector 35 milímetros, 53 butacas de color rojo y sonido cuadrafónico. La nota dice también que el lugar nace con la aspiración de convertirse en un cine de barrio para las ocho bases que hay en un radio de 35 kilómetros.
¿La primera película que yo proyectaría en un lugar así?
Nanuk el esquimal (1922) de Robert Flaherty.
Después, y a modo de contraste climático, pondría Moana (1926) de Murnau. Y tras el pase de estas dos películas, iniciaría un ciclo de cine invernal titulado "Cine y nieve". Y recuerdo ahora mismo la impresión que me produjo ver Estambul tomada por el frío blanco en la película Uzak (2002), del director turco Nuri Bilge Ceylan.

Cine, literatura y futuro

Fragmento de las crónicas de la época:
10 de diciembre de 1919. El escritor Marcel Proust, nacido en París en 1871, ha resultado ganador del premio Goncourt, otorgado por la academia del mismo nombre, fundada por disposición testamentaria del novelista Edmond Goncourt...
Y una frase de Proust:
"No amamos tanto al cine por lo que es sino por lo que será".

Irán (2)

- Cuando nadan moviendo las aletas parece que están bailando. ¡Y tienen tantas aletas!
- ¿Cuánto cuestan?
- Me dijeron que 100 tomans.
- ¡100 tomans! ¡Quieres pagar 100 tomans por un pez de colores! Con ese dinero puedes ver dos películas. Estás loca.

El globo blanco, dirigida en 1995 por Jafar Panahi.

Irán (1)

Estoy organizando un ciclo de cine iraní en Montevideo con la colaboración de la embajada de esta lejana república islámica. En mi primera entrevista con la agregada cultural, me sirvieron un zumo de melocotón en un vaso de cristal verde. En la segunda, decidieron auspiciar el ciclo y sirvieron té.
Nunca he estado en Irán, pero una vez hice un viaje a un festival de cine de Estrasburgo y conocí a una joven realizadora iraní llamada Anahita. Grababa piezas de videoarte en el desierto de su país. También recuerdo que estaba acostumbrada a los terremotos y que contaba con total naturalidad que había perdido a muchos familiares en el terremoto de Bam. Es la misma naturalidad con la que los personajes de Y la vida continúa (Abbas Kiarostami, 1991) relatan que el temblor de tierra les ha dejado sin familia y sin casa.
Escribí un mensaje a Anahita contándole lo del ciclo en Uruguay. Nunca me respondió.

Sin palabras

El ejercicio es simple: consiste en visionar una película de la época del burlesco mudo americano, Sherlock Jr. (Buster Keaton, 1924), por ejemplo, Mon oncle (1958) de Jacques Tati y Lundi Matin (2002) de Otar Ioseliani. Una vez vistas las tres películas, pedirse un vino tinto en un bar llamado "Lo de Margot" y reflexionar durante unos minutos sobre la persistencia del gesto y de los silencios en la historia del cine. Y cuando Margot nos mire con insistencia, ofrecerse muy cortesmente a bailar un tango.

My mai

My mai

Inauguro con este apunte la sección de Películas secretas. El título es My mai y es una película que rodó en video el director Theodor Leuzenev en 1976. El fotograma que reproduzco recoge el momento en el que las dos protagonistas ensayan una pieza de teatro justo antes de iniciar el viaje a las montañas de Georgia.
- ¿Qué haremos en verano?
- Bañarnos en un río.
...
- ¿Has recibido alguna vez una carta de alguien que está muy lejos?
- Una vez me llegó una felicitación desde la frontera de Brasil.
- ¿Y qué decía la carta?
- Felicidades My.

Saraband

Ayer por la noche fui a ver la última película de Bergman en Cinemateca 18.
- ¿Por qué has venido a visitarme?
- No lo sé.
Los personajes no saben. Se hacen preguntas, susurran, recuerdan, lloran, se abrazan, se odian, observan… Pero siguen sin saber nada. Transmiten un desasosiego extraño y profundo.
Bergman tiene 86 años y vive solo en una isla de Suecia llamada Faaroe.

Saraband (2)

Saraband (2)

A veces llevo la cámara al cine y hago fotos de las películas. Esta es de la sesión de ayer. Me tocó sentarme en la parte alta, muy cerca de la cabina de proyección.

Esquivar bombas

¿Se cruzaron alguna vez en las calles de algún país del mundo el maquinista Buster Keaton y el boxeador Arthur Cravan?
Hay una escena de la película Sherlock Jr. (1924) de Keaton en la que el aprendiz de detective juega una increíble partida de billar esquivando en todo momento la bola número 13, que es la que los malvados han trucado para que explote en el momento del choque. Y viendo esto, recordé inmediatamente la secuencia de Cravan versus Cravan (Isaki Lacuesta, 2002) en la que el poeta Enric Casassas realiza también una surrealista partida de esquivar bolas, mientras explica que la noche de gran combate contra Jonhson, Cravan se emborrachó en un bar del puerto de Barcelona.
Me gusta imaginar que quizá alguna vez y en las calles de cualquier ciudad de mundo, el detective Arthur Cravan y el mago Buster Keaton se saludaron levantando sus respectivos sombreros y sin decirse adiós.

Madrugar

Diálogo de tres personajes al comienzo de Carta a una desconocida (Letter from an unknown woman), dirigida en 1948 por Max Ophüls.
- Asi que ya está decidido, lo vas a llevar a cabo.
- ¿Por qué no?
- Porque tiene una magnífica puntería.
- Eso he oído.
- Al menos intenta dormir algo.
- Si yo estuviera en tu lugar no bebería más.
- Vendremos a buscarte a las cinco, dentro de tres horas. ¿Estarás aquí?
- No me importa nada que me maten. Pero ya sabéis que levantarme temprano es algo que no soporto.