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UNA CAJA CON COSAS DENTRO

Buenos Aires (1)

Crónica 1
Viernes 15 de abril.

Frío y calor: del digital alemán a los barios periféricos franceses.
A veces los festivales de cine comienzan en los viajes que hay que hacer para llegar a esos festivales de cine. Una vez conduje desde mi casa hasta el festival de Cannes. Paré en Barcelona y en Montpellier antes de llegar al gran teatro de la alfombra roja; y pasé un día durmiendo en los asientos del coche para poder recuperarme.
Ayer viajé durante muchas horas para llegar a Buenos Aires. Primero en autobús hasta la ciudad fronteriza de Colonia. Después, un trayecto en barco atravesando el río de la plata en mitad de una tormenta. Cuando los barcos se mueven, se mueven mucho y con una lentitud extraña. Y en mitad de esa noche tomada por las olas, recordé el final de Rojo (1994), en el que Kieslowski inventaba un naufragio para salvarlo todo. A las siete de la mañana he bajado en Puerto Madero y por más que he buscado entre los pasajeros, Juliette Binoche no estaba a mi lado.
Llegar a un festival desconocido cuando el festival ya ha empezado siempre es algo difícil y cuesta unas horas situarse sobre el mapa y adaptarse al ritmo de las proyecciones. Aún estoy en fase de aclimatación, pero por ahora puedo decir que el gran centro comercial Abasto, en la calle Corrientes, parece ser la sede de todo esto.
He llegado a las diez de la mañana. El lugar es uno de esos lugares que comparten mil tiendas de moda con doce salas de cine. Por fuera es una especie de edifico estilo Metrópolis (1927) de Fritz Lang: grandes arcos creando un espacio gigantesco y frío. El interior es como el interior de cualquier lugar que pueda resumirse en la frase de mil tiendas de moda con doce salas de cine. Un poco al estilo Berlinale y su plaza comercial Marlene Dietrich.
He llegado justo en el momento en el que se abrían las taquillas para prensa y me ha sorprendido ver a los periodistas corriendo. ¿Por qué corren? A estas alturas de la vida uno sabe que ver a unos periodistas corriendo no puede ser nada bueno. Después me he enterado de que las entradas para las sesiones que no son de prensa se agotan pronto y que más vale madrugar y correr un poco. Porque, y voy llegando al núcleo de todo esto, lo más interesante de este festival de cine reside justamente en las sesiones fuera de competición, en los repasos a los títulos que llegan de otros festivales, en lo que en San Sebastián llamarían Perlas de otros festivales; y para entrar a esas sesiones hay que tener entrada y no vale la tarjeta roja, verde, blanca, de tamaño demasiado grande y sin foto de la acreditación.
Por lo tanto, en este primer día, he tenido que conformarme con las dos sesiones para prensa y el resultado del primer impacto puede resumirse en la siguiente expresión: el cine digital es frío. Muy frío.
El cine alemán es el cine alemán y Kalsruhe es una ciudad fea. Una vez estuve en Stuttgart y lo único amable que encontré fueron las partidas de petanca que los inmigrantes polacos jugaban en los parques de la ciudad. El resto estaba tomado por los ingenieros de la fábrica de Mecedes.
La primera película del día se titulaba The forest for the trees y la dirigía una señora alemana llamada Maren Ade. La historia cuenta los días tristes de una profesora de secundaria que acaba de llegar a un colegio de Kalsruhe. Y la trama digital va helándose a medida que avanza el metraje y la pobre profesora, ninguneada por sus compañeros de trabajo, maltratada por su alumnos, despreciada por su vecina, va cayendo a un pozo de difícil salida. Las referencias que yo daría para explicar la película tienen que ver con las historias de dolor que lleva inventando el cine digital danés desde hace unos años. Personajes como el de la profesora de hoy o el que interpretaba Emily Watson en Rompiendo de olas (Lars Von Trier, 1996), por ejemplo, comparten fragilidad extrema y destino trágico. Pero el asombro que provocaron aquellas primeras obras nórdicas de mediados de los años noventa ha desaparecido, y de alguna manera, el público se ha vuelto inmune a sus golpes. Hoy en día, un personaje herido y que se expone a los lobos no es suficiente para aguantar una película, pues ya lo hemos visto demasiadas veces. O al menos no ha sido suficiente en el caso de hoy; la actriz que interpreta el papel de profesora a punto de caer en el abismo, Eva Lobau, es tan inocente que pierde credibilidad y termina resultando aburrida. El cine alemán sigue siendo cine alemán y si alguna vez voy a Kalsruhe prometo no acercarme a los insoportables adolescentes de los colegios y buscar una vez más la tranquilidad de los parques y de los jugadores polacos y rusos de petanca.
Y de la Alemania helada, a los barrios periféricos franceses de acento lejano, origen árabe y jóvenes haciéndose las preguntas que se hacen todos los jóvenes, vivan donde vivan, procedan de donde procedan. L’Esquive, dirigida por Abdellatif Kechiche, es una película rápida, de ritmo intenso, diálogos veloces, encuadre ágil, personajes acercándose y alejándose de la cámara sin ningún temor a la cámara. Es una película decidida que tiene algo de aquella barriada en tensión que propuso Mathieu Kassovitz con El odio (1995). Y tiene también algo de canción de rap francesa, con sus denuncias, con sus rimas, con sus metáforas, con su sonido a veces defectuoso pero lleno de verdad.
En este caso, los personajes son unos jóvenes estudiantes de liceo que juran por el Corán, buscan soluciones a sus primeros amores, discuten por teléfono móvil y preparan con mayor o menor entusiasmo una obra de teatro que interpretarán el día de la fiesta del colegio. El joven Krimo trata de entender su amor por Lydia y pregunta como sólo puede preguntar un adolescente: ¿Por qué no me quieres, Lydia? ¿Por qué no me dices si quieres salir conmigo? El resultado es intenso y un tanto desolador, pues en los barrios periféricos de las grandes ciudades francesas los sueños son difíciles.
Frío y calor por tanto en las dos películas del día. La jornada ha terminado con un concierto interpretado por una orquesta clásica en el hall del centro comercial Abasto. Y en la sala de prensa han estado haciendo fotos a un director oriental que posaba al lado de un cartel de título evocador: Magnolian ping pong. Pero imagino que estas son historias que están por llegar al festival de Buenos Aires. Poco a poco, como cada vez que me toca asistir como público a un festival de cine, voy sintiéndome como en casa.
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2 comentarios

Luk -

Soy demasiado inculto para este blog, demasiado normal. Tal vez sea eso lo positivo, q puedo aprender mucho.

manolo -

como cuando leo el mal de montano, con tu ¿caja? me pierdo entre referencias, pero me queda esa sensación de estar recogiendo cosas entre renglones. y sí, yo también creo que al igual que los telediarios o los sucesores musicales de nick drake al final insensibilizan más que afectan, con mucho cine de autor pasa lo mismo. una verdad repetida mil veces... ¿o era al revés?
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